MISCELÁNEA. ARTE EN EL ESPACIO PÚBLICO. ALAMEDA DE SEVILLA

Alameda

 

Hace un par de años coincidí con un par de lecturas relacionadas con el arte en el espacio público y su relación con lo urbano. La teoría me encanta, es decir; el hecho de que el arte “invada” el espacio urbano y por lo tanto se haga accesible, y público para todos, que salga de las salas acotadas de los museos y galerías y los espacios privados privilegiados para formar parte del común de todos los ciudadanos, es algo necesario y son buenas noticias.

Además, estos concursos, que en muchas ocasiones son públicos, son una excelente oportunidad para que los artistas se den a conocer, y son dinamizadores en cierto modo de la actividad artística contemporánea.

Pero esto como todo tiene sus inconvenientes condicionantes. Usemos como caso práctico la reciente obra que se ha colocado en la Alameda en homenaje a las víctimas del sida y los pacientes con VIH.

Al salir de casa el Sábado por la mañana me encontré con ella de frente. Y nunca mejor dicho porque apenas la registré hasta que la tuve delante de las narices.

En este caso,  la relación entre la localización de la obra y el significado de la misma, tiene para mi todo el sentido del mundo. La Alameda a día de hoy es uno de los epicentros del movimiento cultural más alternativo de la ciudad. Ahora la mayor parte de los “modernos” y “hipsters” sevillanos quieren vivir ahí (con la consecuente subida del precio de las viviendas y la proliferación de locales con cerveza artesana). Pero a poco que la hayas conocido antes, sabes que no siempre fue así. La Alameda de Hércules y toda la zona que la rodea hasta prácticamente la muralla (San Luis, Feria, el Pumarejo…) fue una zona muy conflictiva y que sufrió mucho durante los años 80, los años en los que el virus del SIDA hizo más daño por desconocimiento y falta de precauciones y cuidados. De hecho me viene a la menta la película Grupo 7, por si alguien no es de la zona y quiere hacerse una idea de lo que estoy hablando.

El caso es que me parece un reconocimiento necesario y bien relacionado con su ubicación. Ahora bien. Si es cierto que hay que tener en cuenta el contexto histórico para situar una intervención artística en el espacio público, también hay que tener en cuenta el contexto actual; la Alameda como digo, se ha convertido en una zona de transito constante de gente paseando, haciendo deporte y montones de niños jugando.

Y aquí nace mi crítica, de esa relación que tiene que tener una obra colocada en un espacio público, con el uso y la vida que ocurra en ese espacio. Para que nos entendamos, no es lo mismo una rotonda que un paseo peatonal. La obra en cuestión, de la que aun no he dicho nada (dejo una imagen que tomo prestada de aquí), es una escultura de metal cortado (y cortante) llena de filos y picos a la altura de la cabeza de cualquiera de los niños que aun se tambalea más que camina por la Alameda. De hecho el sábado sentada en una terraza, veía a los niños meter hojas secas en los agujeros de la obra a punto de pasar los dedos por el interior de los filos. Un acierto, vamos.

Con esto no quiero hacer una valoración de la obra como tal, realmente no tengo mucho que decir sobre ella en si misma. Ni por supuesto criticar la necesidad social del reconocimiento a las víctimas del virus. Esto es más bien una reflexión sobre el uso que hace la administración de las posibilidades que da sacar el arte al espacio público y por lo tanto, familiarizar y relacionar al público con el arte y la cultura. En mi opinión el arte “público” debe aportar a la vida de la ciudad, unirse a ella, y no negar la actividad cotidiana del lugar en el que se encuentra, si no fusionarse con ella. Si al final del día, cuando nos encontramos una nueva intervención artística en nuestro barrio, hubiéramos preferido el banco de siempre o la farola de toda la vida, es que algo se está haciendo mal.

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